Datos y cifras
- El infarto de miocardio, comúnmente denominado «ataque al corazón», se produce cuando se interrumpe bruscamente el flujo de sangre hacia una parte del músculo del corazón, casi siempre debido a un coágulo formado tras la rotura de un depósito de grasa en el interior de una arteria coronaria.
- En la mayoría de los infartos de miocardio, la persona padece cardiopatía isquémica, que en la gran mayoría de los casos se debe a una afectación de las arterias coronarias. El término «síndrome coronario agudo» engloba diversos cuadros agudos provocados por una disminución del riego sanguíneo al corazón que requieren atención médica urgente. El infarto de miocardio es una de las formas más graves de este síndrome y la cardiopatía isquémica constituye la principal causa de muerte en el mundo: en 2021 ocasionó 9 millones de muertes, alrededor del 13 % de las defunciones registradas.
- Desde 2000, el número de muertes por cardiopatía isquémica ha aumentado en 2,7 millones, pese a que durante ese mismo periodo las tasas de mortalidad normalizadas por edades disminuyeron aproximadamente un 15 %. El crecimiento y el envejecimiento de la población explican el aumento del número absoluto de muertes, mientras que la disminución de las tasas de mortalidad se atribuye a las mejoras en la prevención y el tratamiento.
- El infarto de miocardio y el accidente cerebrovascular causan, en conjunto, el 85 % de las muertes por enfermedades cardiovasculares. Más de tres cuartas partes de esas muertes se producen en países de ingresos bajos y medianos.
- La mayoría de los infartos de miocardio pueden prevenirse controlando un número reducido de factores de riesgo conductuales y metabólicos, entre ellos el consumo de tabaco, la alimentación poco saludable, la inactividad física, el consumo nocivo de alcohol, el sobrepeso y la obesidad, la presión arterial elevada, la glucemia elevada y las concentraciones elevadas de lípidos en la sangre.
- Cada minuto de retraso implica una mayor pérdida de músculo cardíaco. Reconocer los síntomas cuanto antes y recibir atención de urgencia durante las primeras horas aumenta considerablemente las probabilidades de sobrevivir y recuperarse.
Panorama general
Un infarto de miocardio, o infarto agudo de miocardio, se produce cuando se obstruye una de las arterias coronarias que llevan sangre al músculo cardíaco, por lo general a causa de un coágulo formado tras la rotura de una placa ateroesclerótica. Al quedar privadas de oxígeno, las células de la zona afectada del músculo cardíaco empiezan a morir en cuestión de minutos. Por este motivo, el infarto de miocardio es una emergencia médica que no puede esperar hasta la mañana siguiente.
Los médicos incluyen el infarto de miocardio entre los cuadros que forman el síndrome coronario agudo. Este síndrome también comprende la angina de pecho, una forma de dolor torácico más leve y, por lo general, transitorio debido a una disminución del flujo sanguíneo, y no a su interrupción. Según el patrón que muestre el electrocardiograma y la extensión del daño, se distingue entre el infarto de miocardio con elevación del segmento ST, que suele deberse a la obstrucción completa de una arteria, y el infarto de miocardio sin elevación del segmento ST, que habitualmente se asocia a una obstrucción parcial. Ambos requieren tratamiento urgente, aunque su abordaje concreto es distinto.
El infarto de miocardio y la parada cardíaca no son lo mismo, aunque a menudo se confunden y pueden producirse simultáneamente. El infarto de miocardio es un problema circulatorio que afecta a una parte del corazón, mientras que la parada cardíaca se debe a una alteración eléctrica que hace que el corazón deje de latir por completo. Un infarto puede provocar una parada cardíaca, pero no ocurre siempre.
Síntomas
El síntoma de alarma más característico es el dolor o la molestia en el centro del pecho, que suele describirse como una sensación de presión, opresión o constricción, más que como un dolor punzante. Esta sensación puede extenderse a uno o ambos brazos, la mandíbula, los hombros, la espalda y el cuello. Otros síntomas frecuentes son la dificultad para respirar, las náuseas o los vómitos, el mareo, el sudor frío y la palidez.
Los síntomas pueden variar considerablemente de una persona a otra. Las mujeres, las personas mayores y los diabéticos presentan con mayor frecuencia cuadros atípicos, caracterizados por dificultad para respirar, cansancio, molestias parecidas a una indigestión o dolor en la espalda y la mandíbula, sin dolor torácico intenso. En algunos casos, especialmente entre las personas con lesiones nerviosas relacionadas con la diabetes, el infarto provoca poco o ningún dolor. Es lo que se conoce como infarto silente, que muchas veces no se detecta hasta más adelante, al realizar pruebas de control habituales.
Ante cualquiera de estos síntomas, se debe acudir inmediatamente a un servicio de urgencias, sin esperar a que desaparezcan.
Causas y factores de riesgo
La causa de casi todos los infartos de miocardio es la ateroesclerosis, que consiste en la acumulación progresiva de depósitos de grasa en la pared interna de las arterias. Este proceso puede desarrollarse durante décadas sin causar síntomas, hasta que una placa se rompe y se forma un coágulo.
Gran parte de este proceso se debe a un número relativamente reducido de factores de riesgo. Entre los factores conductuales figuran el consumo de tabaco; la alimentación rica en sal, azúcar y grasas poco saludables; la inactividad física; y el consumo nocivo de alcohol, entre otros. Entre los factores ambientales, destaca la contaminación del aire. Con el tiempo, los hábitos de riesgo suelen dar lugar a factores de riesgo intermedios que pueden medirse, como la presión arterial elevada, la glucemia elevada, las concentraciones elevadas de lípidos en la sangre y el sobrepeso o la obesidad. Cada uno de estos factores aumenta por sí mismo el riesgo de sufrir un infarto de miocardio y puede detectarse y controlarse en la atención primaria mucho antes de que se produzca el infarto.
La edad, el sexo y los antecedentes familiares también influyen en el riesgo. Aunque estos factores no pueden modificarse, rara vez actúan de forma aislada. También intervienen las condiciones sociales y económicas: la pobreza, el estrés crónico, la urbanización rápida y el acceso limitado a alimentos saludables y a los servicios de salud influyen en la probabilidad de que los factores de riesgo modificables antes mencionados pasen inadvertidos y queden sin tratar.
Diagnóstico
Cuando se sospecha un infarto de miocardio, el diagnóstico se basa en los síntomas del paciente, un electrocardiograma que permita detectar alteraciones características de la actividad eléctrica del corazón y un análisis de sangre para medir la troponina cardíaca, una proteína que se libera a la sangre cuando se lesiona el músculo cardíaco. La coronariografía permite determinar la localización y la gravedad de la obstrucción mediante la introducción de un catéter fino para visualizar directamente las arterias coronarias y, a menudo, para tratar la obstrucción durante la misma intervención.
Tratamiento
Ante un infarto de miocardio, la prioridad es restablecer cuanto antes el flujo sanguíneo hacia la zona afectada del corazón. Cuando se puede, suele recurrirse a una intervención coronaria percutánea primaria, conocida habitualmente como angioplastia, que consiste en introducir un catéter para abrir la arteria obstruida y, por lo general, colocar una endoprótesis vascular (stent) que la mantenga abierta. Cuando no es posible realizar una angioplastia con rapidez, pueden administrarse trombolíticos para disolver los coágulos.
Además de la reperfusión de urgencia, tanto el tratamiento inmediato como el tratamiento a largo plazo se basan en un reducido grupo de medicamentos: ácido acetilsalicílico y otros antiagregantes plaquetarios, para evitar la formación de nuevos coágulos; betabloqueantes, para reducir el trabajo del corazón; inhibidores de la enzima convertidora de la angiotensina, para proteger la función cardíaca; y estatinas, para reducir el colesterol y estabilizar las placas ateroescleróticas existentes. Algunos pacientes acaban necesitando una revascularización coronaria, un procedimiento en el que se utiliza un vaso sanguíneo sano para crear una vía que permita a la sangre sortear la obstrucción grave de una arteria. Los programas de rehabilitación cardíaca, que combinan ejercicio supervisado, control de los factores de riesgo y apoyo psicológico, mejoran el pronóstico a largo plazo después de un infarto de miocardio, pero siguen utilizándose poco, sobre todo en los lugares con escasos recursos.
Prevención
Dado que la ateroesclerosis se desarrolla a lo largo de muchos años, la prevención resulta más eficaz cuando empieza pronto y se mantiene durante toda la vida. Entre las medidas individuales figuran no consumir tabaco; tomar una alimentación rica en frutas, hortalizas y cereales integrales y baja en sal y grasas saturadas; realizar actividad física; limitar el consumo de alcohol; y tratar, cuando corresponda, la hipertensión arterial, la diabetes y las concentraciones elevadas de lípidos en sangre.
En el conjunto de la población, los gobiernos pueden reducir considerablemente este riesgo mediante medidas de control del tabaco; políticas destinadas a reducir la cantidad de sal y de grasas trans de producción industrial en los alimentos; una planificación urbana que favorezca la actividad física; y medidas para mejorar la calidad del aire. Los datos de numerosos países muestran que los programas de atención primaria para controlar la hipertensión y el colesterol son eficaces cuando se aplican adecuadamente y tienen un coste bajo en comparación con el tratamiento de un infarto una vez producido.
Respuesta de la OMS
Para la Organización Mundial de la Salud, la prevención, la detección precoz y el tratamiento constituyen una prioridad de salud pública y ocupan un lugar central en su labor frente a las enfermedades cardiovasculares y, de forma más general, frente a las enfermedades no transmisibles.
En 2016, la OMS puso en marcha la iniciativa mundial HEARTS para ayudar a los países a reforzar la prevención y el control de las enfermedades cardiovasculares desde la atención primaria de salud. La OMS ha publicado los instrumentos técnicos HEARTS y HEARTS-D sobre el manejo de las enfermedades cardiovasculares y la diabetes en la atención primaria de salud, que constan de seis módulos: asesoramiento sobre hábitos y estilos de vida saludables, protocolos clínicos basados en la evidencia, acceso a medicamentos y tecnologías esenciales, manejo de las enfermedades cardiovasculares basado en la estratificación del riesgo, trabajo en equipos multidisciplinarios y sistemas de seguimiento.
Para reducir el riesgo cardiovascular global a 10 años, la OMS promueve la aplicación de sus «mejores inversiones» y de otras intervenciones recomendadas para prevenir y controlar las ENT. Estas intervenciones incluyen el tratamiento farmacológico (por ejemplo, con antihipertensivos y estatinas) combinado con asesoramiento, tanto para quienes han sufrido un infarto de miocardio o un accidente cerebrovascular como para las personas con un riesgo elevado (≥ 20 %) de sufrir un episodio cardiovascular mortal o no mortal en los siguientes 10 años, según las tablas de la OMS para predecir el riesgo cardiovascular.
Con el fin de mejorar la organización y la prestación de la atención a las urgencias cardiovasculares, la OMS ha elaborado el marco para la atención del síndrome coronario agudo y el accidente cerebrovascular, que ofrece a los países orientaciones para mejorar el acceso a una atención oportuna, equitativa y de calidad en todas las etapas del proceso asistencial, desde el reconocimiento de la urgencia y la derivación hasta el tratamiento definitivo y la rehabilitación.
Los principales medicamentos utilizados para prevenir y tratar el infarto de miocardio, como el ácido acetilsalicílico, los betabloqueantes, los inhibidores de la enzima convertidora de la angiotensina y las estatinas, figuran en la Lista Modelo OMS de Medicamentos Esenciales.
En virtud del Plan de Acción Mundial para la Prevención y el Control de las Enfermedades No Transmisibles 2013-2020, los Estados Miembros de la OMS acordaron reducir en un 25 % la prevalencia mundial de la hipertensión arterial entre 2010 y 2025 y lograr que, para 2025, al menos el 50 % de las personas que requirieran tratamiento recibieran tratamiento y asesoramiento para prevenir los infartos de miocardio y los accidentes cerebrovasculares. Asimismo, la OMS mantiene su programa de estimaciones mundiales de salud con el que hace un seguimiento de la evolución de la mortalidad por cardiopatía isquémica, tanto a escala mundial como en cada país. Las cifras que se presentan en este artículo proceden de esas estadísticas.